Cuando volví a hacer la cama
Hago la cama cada día. Es una costumbre que tengo desde pequeña. Mi abuela decía que no hay que salir de casa siempre con la cama hecha y la cocina recogida. Es un mínimo vital en mi familia. Así que cuando mi casa se desordena es un síntoma, la materialización externa del desorden interno. Así que para mí limpiar, recoger, ordenar es un ritual con el que pongo paz en mi cabeza.
Aún sabiéndolo, por épocas me he abandonado. Por eso aquél lunes en que nuestra querida Yaiza se levantó, cambió las sábanas e hizo la cama, todo cambió. No importa que llegase media hora tarde al trabajo, que se distrajera mientras redactaba sus demandas, que escuchara de nuevo esas canciones que le acercaban a él... Porque todo ocurriría igual, pero se ahorrará el sufrimiento de otras versiones. Todas llegarán a mí, pero ésta llegará mejor. Todo ocurre a la vez, experimentamos todas las probabilidades en el mismo momento, pero sólo somos conscientes de una cada vez. Yo las he vivido todas.
Así que eso es lo que diferencia a nuestra querida Yaiza de otras Yaizas: se levantó aquel lunes e hizo la cama. Qué gesto tan pequeño. Pero es que la diferencia está en esas pequeñas victorias cotidianas, en doblegar nuestra propia voluntad en los detalles.
Yaiza ha vencido a Yaiza.
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