Presentación
Hola. Os presento a la Yaiza de 2020, la que está en la peluquería, sintiendo un agujero en el pecho. Hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación y ha decidido que no el vacío no va a volver a su vida. Ya llenó una vez ese hueco y lo hará de nuevo.
Es un año raro. Lo ha sido para todos. Aunque nos parezca mentira, se impuso el uso de mascarillas en todos los lugares públicos: escondieron las sonrisas del mundo. Es algo que pesa cuando a una la reconocen por su risa.
Esta Yaiza del pasado ha decidido ser feliz -sí, otra vez-. Pero necesita reconciliarse con todas las anteriores y futuras, porque no puede vivir en la culpa. No sabe identificar bien sus carencias -todavía-, pero quizá no es esto lo importante, quizá sólo tiene que encontrar aquello que le alegra el corazón.
Bailar, plantas, lecturas, paseos, amigos, orden, patinar, madrugar, ver amanecer, sonreír... Hay muchas cosas que la elevan, sin embargo, le cuesta mantener estas rutinas beneficiosas.
Hay cosas que mi querida Yaiza no verbaliza... Iba a decir que “aunque las intuye”, pero no, esas cosas las sabe con certeza. Sabe que este periodo de soledad que está pasando lo ha decretado ella: decidió ser feliz hace tiempo, haciéndose responsable de sí misma, que por otro lado es la única forma de ser feliz. Es una persona exigente y sabe que es capaz de eso y mucho más. Ahora sólo está pasando un bache, pero nosotros no somos quiénes para ahorrarle todas las experiencias que redundarán en su propio crecimiento.
Como ella no nos escucha, os contaré qué es lo que ha visualizado para sí misma. Nuestra querida Yaiza sabe que su única misión en esta vida es ser feliz y que todo este sufrimiento que atraviesa es consecuencia de su rigidez. Ahora se mira al espejo, sonríe. Sí, lo sabe; yo creía que no, pero está atenta a lo que digo. Al fin y al cabo somos la misma separadas por algo que no existe: el tiempo.
Yo la miro con tanto cariño. Si pudiera ser sólo un poco más indulgente consigo misma. Me entristece un poco que para que yo esté aquí tan feliz ella haya derramado tantas lágrimas. Cada una de ellas fueron tan innecesarias como imprescindibles, ¿sabéis? No hacía falta para llegar aquí dar ese rodeo inmenso: es un paseo muy agradable en realidad. Pero algunas personas elegimos no hacerlo. Son programas que traemos, cargas de las que necesitamos desprendernos.
Ay, mi querida Yaiza, somos tan felices ahora. Tú, yo, todas en realidad. Avanzamos cogidas de la mano: está esa niña segura de sí misma, la que hacía preguntas sin parar, que estaba deseosa de saberlo todo, se sentía hermosa y no conocía los "no puedo"; está la adolescente llena de complejos, que se ponía siempre detrás en las fotos, que nunca iba a la playa, que le encantaba el deporte, que se acostaba tardísimo leyendo, que ampliaba el temario por el Larousse; está aquélla universitaria dejada, que no se veía bien nunca, que se sentía totalmente invisible; está la de las minifaldas; está la que dijo "hasta aquí" aquél domingo de agosto; estás tú; estoy yo.
¿Cuántas veces dijiste aquello de que si llegas a haber visto el final por un agujerito no habrías sufrido tanto? Pues es precisamente lo que te ofrezco ahora, te revelo el final. Ya sé que no te gusta hacer eso, pero es que si supieras lo felices que somos todas disfrutarías lo que queda del camino. No te preocupes, no te voy a ahorrar nada: vas a dar un montón de vueltas, te perderás alguna vez más, te caerás, pero, como siempre haces, te levantarás, te reubicarás y continuarás. Nada será distinto de lo que ha sido, salvo, quizá, tú. Porque si decides poner música, bailar, canturrear, te prometo que el viaje será igual, pero disfrutarás cada paso y se te hará muchísimo más corto.
Sólo te voy a decir una cosa que sé y que tú descubrirás, algo que te hará todo esto más liviano: ¡suelta! No, suéltalo de verdad y por una vez por todas. Coge de la mano a las demás, te toca, eres la mayor por ahora, yo tomaré el relevo cuando llegues a mí. Te abrazaré y seguiremos juntas.
Nos vemos pronto, flor.
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